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Ya pasó el síndrome postvacacional, ya nos hemos habituado a las manías de los compañeros de trabajo y los pequeños tics que conforman la rutina ni los notamos. Por las mañanas refresca, el café de la esquina sabe tan rico como el otoño pasado y el telediario no ha roto su contrato con la ración de malas noticias (faltaba la crisis, prefiero apagar la tele).