Hemeroteca :: 23/10/2008
7 de septiembre de 2010, 3:48:34 PM
Viajar


Siempre nos quedará Menorca

Por Juan Francisco Calero


Estoy de acuerdo con que no es el mejor momento para ponerle los dientes largos a nadie excepto a algún que otro consejero Delegado, herederos de alto o bajo pelaje, euromillonarios, quinielistas de pleno al quince (la mayoría lo somos de tres al cuarto) y demás objetos de nuestra envidia cotidiana, que de sana sólo tendrá el nombre. El bofetón que septiembre nos pegó sin avisar aún escuece y unas vacaciones en noviembre son como los billetes de 500 euros: una leyenda.

Pero no todos los paraísos son inalcanzables. Tenemos muy cer- ca un territorio que, como en la antigüedad, ha sido ya ocupado por los poderosos en un nuevo estilo de conquista made in siglo XXI. Sin embargo, las Baleares mantienen un encanto especial y en buena parte de las islas se ofrece algo distinto a sol, borracheras, sangría en dudoso estado y desenfreno hasta el amanecer, si es que el amanecer y el anochecer existen cuando uno no sabe ni por donde se anda (lo he visto en estos programas tan de moda con sus reportajes a pie de calle y esos reporteros metidos hasta la cocina de los peores antros –antros humanos quiero decir-, no es que yo haya vivido nada semejante, sin duda mi hígado y mi madre lo agradecen).

Menorca se lleva la palma en esa oferta para gente más tranquila pero que no renuncia a la diversión, mezclada eso sí con dosis de sosiego y turismo más cultural y/o contemplativo. Playas donde la tranquilidad es la protagonista, paseos eternos, cenas a la luz de unas velas con el relajante rumor del oleaje como sonido ambiente...


¿Bucólico? Sí, pero hay más. Pongamos que vamos a pasar cuatro días en la isla (suficientes para querer volver); hemos de alquilar un coche para recorrerla con calma e ir parando donde nos venga en gana con total libertad, pues la isla se compone de rincones, seña de identidad que la hace única. No es recomendable alojarse en un hotel maravilloso de los de pulserita, cubata de ron y hamaca porque la verdad esta ahí fuera y encerrados en un recinto poco vamos a ver. De este a oeste recorreremos Menorca en 45 minutos sin problemas ni apenas curvas. De Ciutadella, destacar las dos calitas que están pegadas: Macarella y Macarelleta. Hay que andar un poco hasta llegar a ellas, pero el recorrido es parte de lo atractivo de la excursión. El pueblo tiene encanto a todas horas, pero en especial al caer la tarde cuando podemos dar una vuelta, comprar algo de artesanía y darnos un homenaje grande o más ajustado en uno de los múltiples restaurantes que nos ofrecerán junto al obligado pescado fresco, algo de la gastronomía balear: queso de Mahón, sobrasada, caldereta de langosta, coca bamba o carnixua.

A la mañana siguiente podemos madrugar para recorrer las zonas monumentales. Existen en la isla gran cantidad de monumentos megalíticos (navetas, talayots) y taulas, pero junto a ellos se encuentran también galerías, salas hipóstilas, recintos cubiertos, cuevas, etc. Se han encontrado importantes yacimientos arqueológicos en los poblados prehistóricos de Trepucó y Talatí, la naveta des Tudons, lugar de enterramiento que data de la transición del Pretalayótico al Talayótico inicial, entre Ciudadela y Ferrerías. También existe una basílica paleo-cristiana en la proximidad de la playa de Son Bou y los escombros de una fortaleza en el monte de Santa Águeda, el último punto de resistencia de los musulmanes antes de su conquista por Alfonso III.

Destacar una cala muy entrañable en Sant Lluís: la cala Alcalfar, rodeada de las siempre atractivas casitas de pescadores. Desde allí se puede caminar a una torre acompañado de vegetación que hará el paseo más llevadero. Idónea para ir con niños, hay un pequeño hotel en la misma orilla con una terraza que nos permite refrescarnos o hacer snorquel.

Para que el último día no se nos haga cuesta arriba y depresivo, podemos dejar para el final la visita al puerto de Mahón y su bahía. Sin ánimo publicitario, recomendaremos un restaurante, nada caro pese a su buena cara, y con un menú extraordinario, su nombre La Minerva, y su recuerdo para siempre. Con buen sabor de boca, buen color de cara y buen estado de ánimo, ya podemos volver a Madrid con la clara intención de volver pronto a este paraíso que no entiende crisis ni de tontos por ciento.
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